Capítulo I - LA CASCADA I

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La llamada de la selva

El modesto apartamento de Puerto Ayacucho parecía suspendido entre dos mundos. Hacia el interior reinaba el orden meticuloso de la ciencia y el tenue aroma del café recién preparado; al otro lado de los ventanales, el río Orinoco serpenteaba con una solemnidad casi sagrada. Era como si sus aguas custodiaran secretos que la selva se hubiera negado a revelar durante milenios.
Bertha permanecía inmóvil frente al cristal. Se había quitado las gafas y las sostenía distraídamente entre los dedos mientras contemplaba el inmenso manto verde que se extendía hasta perderse en el horizonte. No era la primera vez que visitaba la Amazonia, pero aquella mañana una inquietud inexplicable le oprimía el pecho.
En la ribera opuesta distinguió la silueta de un anciano indígena sentado sobre un tronco. Permanecía completamente inmóvil, con la mirada fija en el cauce. De pronto comenzó a entonar una melodía grave y pausada que apenas lograba atravesar la distancia. Bertha no entendía las palabras; sin embargo, aquella voz transmitía una tristeza ancestral que le recorrió la espalda como un escalofrío.
—¿Qué ocurre? —preguntó Roberta al advertir su expresión.
Bertha tardó unos segundos en responder.
—¿Escuchan ese canto?
Los demás guardaron silencio. Solo se oía el rumor del ventilador y el lejano tráfico de la ciudad.
—No escucho nada —contestó Joseph.
Bertha volvió la vista hacia el río: el anciano había desaparecido. Frunció el ceño y decidió no insistir, atribuyendo aquella impresión al cansancio acumulado durante las últimas semanas de preparación.
Sobre la mesa del comedor, mapas topográficos, fotografías aéreas, cuadernos de campo y documentos de investigación formaban un auténtico mosaico de papel. Aquella reunión era el último paso antes de emprender una expedición capaz de transformar para siempre el conocimiento sobre los primeros asentamientos humanos en Sudamérica.
Konstantine ocupaba, de forma natural, el centro de la mesa. No necesitaba levantar la voz para que los demás lo escucharan; su prestigio como antropólogo y la experiencia acumulada en expediciones anteriores habían convertido su criterio en la referencia del grupo. A su derecha se encontraba Joseph, arqueólogo de campo, práctico y metódico. Frente a él, Hye, una brillante estudiante de arqueología cuya curiosidad parecía superar cualquier prudencia. Roberta, paleontóloga, irradiaba un entusiasmo contagioso ante la posibilidad de un descubrimiento excepcional. Bertha, etnóloga especializada en culturas amazónicas, aportaba una mirada distinta: para ella, las leyendas indígenas merecían el mismo respeto que cualquier documento histórico.
Semanas atrás habían recibido información procedente de distintas fuentes sobre la posible existencia de restos pertenecientes a una antigua comunidad de Homo sapiens en un punto remoto de la selva venezolana, a unos ochocientos kilómetros de Puerto Ayacucho. Si los datos eran correctos, aquel hallazgo obligaría a revisar parte de la historia conocida del poblamiento americano.
Konstantine señaló una coordenada marcada con tinta roja.
—Este es nuestro destino. Ninguna expedición científica ha documentado actividad humana permanente en esta zona. La vegetación es prácticamente impenetrable y las imágenes satelitales apenas permiten distinguir el relieve.
Joseph estudió el mapa.
—¿Cómo pensamos llegar hasta allí?
—He contratado un helicóptero que nos dejará cerca del río Meta —explicó Konstantine—. Desde ese punto navegaremos hasta un paraje conocido como La Cascada, donde nos estará esperando un baqueano llamado Juan Contreras. Lleva décadas recorriendo esa región.
Roberta sonrió con entusiasmo.
—Suena exactamente al tipo de aventura por la que elegimos esta profesión.
—Espero que la aventura incluya un lugar donde dormir —añadió Hye dejando escapar una breve risa.
—Con un poco de suerte, sí —respondió Joseph.
Las bromas relajaron el ambiente, pero solo Bertha permanecía seria. Dirigió de nuevo la mirada hacia el río y, durante un instante, creyó distinguir nuevamente la figura del anciano. Esta vez tuvo la impresión de que levantaba lentamente un brazo en dirección al apartamento. Parpadeó. No había nadie.
—¿Cuándo partimos? —preguntó, procurando que su voz sonara firme.
—Dentro de dos días —contestó Konstantine—. Necesitamos revisar el equipo una vez más y confirmar la logística con el piloto.
Bertha apoyó ambas manos sobre el alféizar del ventanal. La sensación persistía: era absurda, inexplicable y, al mismo tiempo, profundamente real. Se volvió hacia sus compañeros.
—No puedo justificarlo con argumentos científicos..., pero tengo un mal presentimiento.
La conversación cesó.
—¿A qué te refieres? —preguntó Roberta.
Bertha dudó unos segundos.
—No lo sé. Es como si este lugar... o aquello que buscamos... hubiera empezado a buscarnos primero.
Un silencio incómodo recorrió la habitación hasta que Joseph sonrió con amabilidad.
—Eso ha sonado bastante inquietante para venir de una científica.
Bertha soltó una breve carcajada.
—Lo sé. Olviden lo que dije.
Konstantine se acercó a ella con serenidad.
—Llevamos años trabajando juntos. Hemos atravesado desiertos, montañas y selvas mucho más hostiles que esta. La intuición merece respeto, pero no puede reemplazar la evidencia.
Bertha asintió.
—Tienes razón. Debe ser el estrés.
—Dentro de unas semanas estaremos celebrando el descubrimiento arqueológico más importante de nuestras carreras —concluyó Konstantine sonriendo.
Nadie imaginaba hasta qué punto aquella afirmación terminaría siendo cierta. La reunión continuó durante varias horas entre cálculos, rutas, inventarios y comprobaciones técnicas. Cuando finalmente cayó la noche sobre Puerto Ayacucho, el Orinoco seguía fluyendo con la misma calma imperturbable, como si conociera un destino que los cinco científicos aún eran incapaces de imaginar.
Tres días después, cuando el cielo apenas comenzaba a teñirse de un azul lechoso, el helicóptero levantó vuelo desde Puerto Ayacucho. Bajo el zumbido constante de las aspas, la ciudad fue reduciéndose hasta convertirse en un diminuto claro en medio de la inmensidad del bosque.
Pronto desaparecieron los últimos vestigios de civilización. La Amazonia se desplegó bajo ellos como un océano infinito de copas verdes, quebrado únicamente por el brillo serpenteante de ríos que parecían abrirse paso desde un pasado remoto. Desde aquella altura, el paisaje resultaba tan hermoso como intimidante.
Durante la primera hora de vuelo reinó un ambiente distendido. Roberta fotografiaba cuanto podía distinguir desde la ventanilla, mientras Hye alternaba la contemplación del paisaje con la revisión de un cuaderno donde había anotado referencias sobre antiguos asentamientos amazónicos. Joseph aprovechó el trayecto para revisar por última vez el inventario del equipo.
Solo Bertha permanecía en silencio. Su mirada recorría lentamente la selva sin buscar nada en particular y, sin embargo, tenía la incómoda sensación de que algo, allá abajo, los observaba.
El piloto, Ernesto, llevaba décadas transportando científicos, militares y comunidades indígenas por aquella región. Su rostro curtido transmitía la serenidad de quien había aprendido a respetar la selva sin desafiarla. Tras consultar los instrumentos, señaló hacia el horizonte.
—Dentro de unos veinte minutos comenzaremos el descenso.
—¿Ha estado antes por esta zona? —preguntó Konstantine.
Ernesto tardó unos segundos en responder.
—No exactamente.
La respuesta captó el interés de Joseph.
—¿Qué quiere decir con «no exactamente»?
El piloto mantuvo la vista fija al frente.
—Los vuelos comerciales no suelen acercarse demasiado a este sector. Hay corrientes de aire muy cambiantes y, además... —guardó silencio.
—¿Además? —insistió Roberta.
Ernesto esbozó una leve sonrisa.
—Los lugareños dicen que la selva tiene lugares donde no le gusta que la molesten.
Joseph dejó escapar una risa.
—¿Leyendas?
—Tal vez —el piloto se encogió de hombros—. Pero uno aprende que aquí es mejor no burlarse de las historias viejas.
Nadie volvió a comentar el asunto. Minutos después, el helicóptero inició un descenso pronunciado hacia un claro abierto entre los árboles. Al tocar tierra, el silencio resultó casi tan impresionante como el estruendo previo de las aspas. Solo entonces comprendieron la verdadera magnitud de aquella selva: no era únicamente inmensa, parecía viva.
El aire era espeso y húmedo. Cada respiración llevaba consigo el aroma de la tierra mojada, la vegetación y la madera antigua. Desde todos los rincones surgían sonidos invisibles: insectos, aves, monos y criaturas imposibles de identificar componían una sinfonía salvaje que envolvía el lugar.
Konstantine reaccionó de inmediato.
—Descarguemos primero el equipo científico. No quiero que perdamos tiempo; debemos llegar al río antes del anochecer.
Mientras descargaban las cajas, Ernesto localizó a un hombre del lugar que los ayudaría a transportar el material hasta el embarcadero. Antes de despedirse, el piloto estrechó la mano de Konstantine.
—Les deseo suerte —vaciló un instante antes de añadir—: Y un consejo... escuchen siempre al baqueano. Si él dice que no crucen un sitio, no lo crucen.
—Lo tendremos presente —respondió Konstantine con cortesía.
Ernesto subió nuevamente al helicóptero y, en pocos segundos, la aeronave desapareció por encima de la copa de los árboles. El ruido del motor fue apagándose hasta extinguirse por completo. Solo entonces comprendieron que estaban solos.
El sendero descendía por una barranca embarrada hasta un muelle construido con troncos irregulares. Allí los esperaba una embarcación larga y estrecha cuyo casco mostraba las cicatrices de incontables travesías. Junto al timón se encontraba un hombre moreno, delgado, de barba entrecana y sombrero de ala ancha. Observó al grupo sin sonreír.
—¿Konstantine?
—Así es.
—Soy Diego.
No añadió nada más; su manera de hablar era seca, casi lacónica. Entre todos cargaron el equipaje a bordo y, cuando el último cajón quedó asegurado, Diego puso el motor en marcha. La embarcación se separó lentamente del muelle y el río los envolvió de inmediato.
Durante horas navegaron por un afluente del Orinoco cuyas aguas oscuras reflejaban fragmentos del cielo entre enormes árboles que parecían inclinarse sobre el cauce. El calor era sofocante. En las orillas descansaban caimanes de tamaño extraordinario, inmóviles como troncos; bandadas de guacamayos atravesaban el cielo lanzando chillidos estridentes, mientras monos aulladores rompían el silencio desde las alturas.
—Es increíble... —murmuró Hye sin contener el entusiasmo.
—Jamás imaginé una biodiversidad semejante —asintió Roberta.
Diego escuchaba la conversación sin intervenir. Pasadas varias horas, redujo lentamente la velocidad del motor. Konstantine se acercó.
—¿Falta mucho?
El barquero señaló una curva del río.
—Media hora —dijo, antes de volver a guardar silencio.
Bertha advirtió que el hombre miraba con insistencia la espesura de la margen izquierda.
—¿Sucede algo?
Diego respondió sin apartar la vista del bosque:
—Hace unos años un grupo de cazadores desapareció por aquí.
Joseph levantó la vista.
—¿Encontraron sus cuerpos?
—No.
—¿Animales?
El barquero tardó unos segundos en contestar.
—Eso dijeron.
Nadie insistió. El silencio volvió a instalarse sobre la embarcación mientras solo el motor y el rumor del agua acompañaban la travesía.
Media hora después apareció un pequeño embarcadero de madera. A pocos metros se levantaba una casilla construida con tablones envejecidos y techo de palma. Frente a ella, un hombre alto agitaba un brazo para llamar su atención. A diferencia de Diego, sonreía con franqueza. Cuando desembarcaron, avanzó hacia ellos con paso seguro.
—Bienvenidos. Soy Juan Contreras.
Su apretón de manos era firme y había en él algo que inspiraba confianza desde el primer instante.
—Gracias por recibirnos —respondió Konstantine—. Soy Konstantine. Ellos son Joseph, Roberta, Hye y Bertha. Nos alegra conocerte.
Juan observó el abundante equipo científico.
—Veo que vienen preparados para quedarse varios días.
—Tal vez algunas semanas —contestó Konstantine.
La sonrisa del baqueano apenas se desdibujó. Fue un cambio tan fugaz que casi pasó inadvertido.
—Entonces será mejor que descansen hoy. Mañana hablaremos del camino.
Tomó una de las cajas y echó a andar hacia la vivienda. Mientras avanzaban, Bertha volvió la vista hacia el río: Diego seguía inmóvil en la embarcación. No levantó la mano para despedirse; simplemente los observó hasta que desaparecieron entre la vegetación.
Por primera vez desde que habían iniciado la expedición, Bertha sintió la certeza de haber cruzado un límite invisible. Y tuvo la incómoda impresión de que ya no existía un verdadero camino de regreso.
El sendero terminaba en un claro a orillas del río donde se levantaba la vivienda de Juan Contreras: una construcción sencilla de madera oscurecida por la humedad, con techo de palma y una amplia galería. El lugar transmitía una extraña mezcla de austeridad y calidez, como si hubiera sido levantado para resistir tanto el paso del tiempo como los caprichos de la selva.
Juan dejó la caja sobre uno de los bancos y regresó junto al grupo.
—Bienvenidos a mi casa. No es un hotel, pero espero que durante estos días la sientan como propia.
Su sonrisa era franca, aunque sus ojos permanecían atentos a cada movimiento del bosque. Mientras descargaban el resto del equipaje, Bertha observó el entorno. No había cercos ni caminos marcados; la vegetación comenzaba apenas unos metros detrás de la vivienda y se cerraba sobre sí misma como un muro verde. Todo parecía demasiado inmóvil. Solo el murmullo del arroyo que descendía desde el interior de la floresta rompía el silencio.
Juan advirtió su mirada.
—Uno termina acostumbrándose.
—¿A qué? —preguntó Bertha.
—A que aquí nunca se está realmente solo.
Antes de que pudiera añadir algo más, tomó otra caja y la llevó hasta la galería. Konstantine interpretó la frase como una referencia a la abundante fauna de la región; Bertha, en cambio, no logró apartarla de su cabeza.
Las habitaciones eran sencillas, pero sorprendentemente ordenadas. Juan había preparado una cabaña acogedora para las tres mujeres, con camas rústicas de madera local y mantas de lana dobladas con cuidado.
—Las noches suelen ser más frías de lo que la gente imagina —explicó mientras dejaba una lámpara de queroseno sobre una mesa—. Si necesitan algo, mi casa está ahí mismo.
—Está todo impecable —comentó Roberta, recorriendo el lugar con la mirada.
Juan soltó una breve risa.
—La selva ya tiene suficiente desorden. Al menos aquí dentro intento mantener cierto equilibrio.
Bertha agradeció el gesto con una sonrisa. Aquella sencillez transmitía una hospitalidad genuina.
Mientras tanto, al otro lado del claro, Juan ayudaba a Konstantine y a Joseph a levantar una amplia carpa destinada a almacenar el equipo científico y servir de refugio para los hombres. Joseph clavó la última estaca y contempló satisfecho el resultado.
—Creo que sobrevivirá a cualquier tormenta.
Juan levantó la vista hacia el cielo, donde las nubes comenzaban a teñirse de un gris azulado.
—Ojalá.
—¿Esperas lluvia? —preguntó Joseph con curiosidad.
—En esta región uno nunca espera nada. La selva siempre decide.
Cuando el trabajo terminó, Roberta apareció en la galería secándose el sudor con una toalla.
—Juan, mientras descargábamos las cajas, vi una especie de poza junto al arroyo. El agua parece cristalina.
El guía negó con la cabeza antes siquiera de que terminara la pregunta.
—Ni se les ocurra meterse ahí.
—¿Tan fría está? —sonrió Roberta.
—Eso sería el menor de sus problemas —Los cinco guardaron silencio mientras Juan apoyaba ambas manos sobre la baranda de madera—. En estos ríos viven caimanes, rayas de agua dulce y pirañas. Algunas especies permanecen inmóviles durante horas. Uno cree que el agua está vacía... hasta que deja de estarlo.
Hye tragó saliva.
—Supongo que acabas de arruinar nuestro baño.
—No del todo —Juan soltó una carcajada y señaló la parte posterior de la vivienda—. Construí una regadera alimentada por un tanque que recoge agua de lluvia y de un pequeño manantial. No es un lujo, pero es segura.
Las tres mujeres desaparecieron detrás de la casa pocos minutos después. El agua fría cayó sobre sus cuerpos como un alivio largamente esperado y, durante unos minutos, olvidaron el cansancio, el calor sofocante y la propia expedición. Solo existía el sonido del agua golpeando la madera y el aroma húmedo de la vegetación.
Entonces Bertha volvió a sentirlo: un estremecimiento. Giró lentamente la cabeza y, más allá de la cortina de hojas, creyó distinguir una silueta inmóvil entre los árboles. Alta. Oscura. Como si alguien las observara desde el bosque. Parpadeó y la figura desapareció.
—¿Sucede algo? —preguntó Hye mientras cerraba el grifo.
—Nada... —respondió Bertha tras unos segundos, sin estar del todo convencida.
La noche descendió con una rapidez desconcertante, envolviendo la selva en una oscuridad absoluta. Los sonidos cambiaron: los pájaros diurnos cedieron su lugar a un concierto de insectos, ranas y criaturas invisibles cuyos llamados parecían surgir de todas las direcciones al mismo tiempo.
Juan había preparado una cena abundante: pescado que había capturado durante la mañana —un enorme pavón— acompañado de mandioca, plátanos asados y hierbas aromáticas.
—Después de este viaje, creo que jamás había disfrutado tanto una comida —admitió Roberta.
—Eso dice todo el mundo el primer día —sonrió Juan.
Joseph levantó su taza.
—Brindo porque dentro de una semana podamos repetir esta cena celebrando el descubrimiento arqueológico más importante de nuestras vidas.
Todos alzaron sus vasos, pero Juan permaneció inmóvil. Konstantine lo observó.
—¿No brindas con nosotros?
El guía sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Prefiero brindar cuando la gente regresa.
El comentario dejó un breve silencio sobre la mesa. Joseph intentó restarle importancia:
—Has visto demasiadas expediciones fracasar.
—He visto muchas cosas. Algunas prefiero no recordarlas —respondió Juan moviendo lentamente la cabeza.
La conversación tomó otro rumbo. Hablaron de expediciones anteriores, de hallazgos arqueológicos y de anécdotas ocurridas en distintos rincones de Sudamérica. Juan escuchaba más de lo que hablaba; sin embargo, cuando describía alguna planta medicinal o los hábitos de un animal, lo hacía con una precisión que revelaba décadas de convivencia con la selva. Para él, aquel territorio no era un paisaje: era un organismo vivo y parecía conocer cada uno de sus latidos.
La cena terminó bien entrada la noche. Antes de retirarse, Juan apagó lentamente la lámpara de queroseno, observó la oscuridad que rodeaba la vivienda y habló con una serenidad que hizo callar a todos:
—Descansen bien. Mañana empezaremos a caminar hacia un lugar donde ni siquiera la selva se comporta como debería.
Nadie hizo preguntas; había algo en su tono que desaconsejaba insistir. Uno a uno fue retirándose a descansar.
Mientras el campamento se sumía en el silencio, el murmullo del arroyo continuó resonando entre los árboles. Y, oculto en la profundidad del bosque, un grito lejano —demasiado grave para pertenecer a un ave y demasiado prolongado para ser el de un mono— atravesó la noche. Bertha abrió los ojos. Permaneció inmóvil dentro de su bolsa de dormir, escuchando. Después... no volvió a oír nada.
El amanecer llegó envuelto en una niebla tenue que ascendía desde el río y se deslizaba entre los árboles como un velo silencioso. La humedad impregnaba cada tablón de la vivienda de Juan Contreras, y el aire olía a hojas mojadas, tierra fértil y madera envejecida.
Bertha fue la primera en despertar. Había dormido poco; el extraño sonido de la noche seguía resonando en algún rincón de su memoria. Abrió la puerta de la cabaña. La selva parecía suspendida en una absoluta calma: ni un pájaro, ni un insecto; solo el rumor constante del agua.
—Eso nunca dura mucho.
La voz de Juan surgió detrás de ella mientras el guía removía el café que hervía sobre un modesto fogón de hierro.
—¿Qué cosa? —preguntó Bertha.
—El silencio. —Le tendió una taza humeante—. Cuando la selva calla, siempre está escuchando.
Bertha quiso responder, pero prefirió guardar silencio. Comenzaba a comprender que Juan hablaba poco y que sus frases escondían más experiencia que superstición.
Poco a poco fueron apareciendo los demás. Joseph bostezaba sin disimulo, Roberta seguía comentando las especies vegetales del día anterior y Hye llevaba una libreta en la mano incluso antes del desayuno. Konstantine parecía impaciente por ponerse en marcha.
Juan esperó a que todos ocuparan sus lugares alrededor de la mesa. Entonces desapareció unos minutos dentro de la vivienda y regresó con un estuche de cuero oscuro sujeto por dos correas muy gastadas. Lo depositó sobre la mesa con delicadeza. Nadie habló.
El guía desató lentamente las correas y el cuero emitió un leve crujido. En su interior apareció una lámina gruesa, amarillenta por el paso del tiempo. No parecía papel; su superficie recordaba al pergamino vegetal, aunque ninguno de los presentes pudo identificar el material con certeza. Los bordes estaban deshilachados y la humedad había borrado parte de la tinta, pero los trazos principales permanecían sorprendentemente nítidos.
Konstantine se inclinó sobre la mesa.
—Extraordinario...
Juan no respondió. Continuó observando el mapa, como si dudara de haber hecho bien en sacarlo.
—Hace veinte años juré que nunca volvería a enseñarlo —dijo finalmente.
La afirmación cayó sobre la mesa como una piedra.
—¿Por qué? —preguntó Joseph.
Juan respiró hondo.
—Porque el hombre que me lo entregó reapareció tres días después.
—¿Muerto? —frunció el ceño Roberta.
El guía levantó lentamente la mirada e hizo una pausa demasiado larga.
—No. Ojalá hubiera estado muerto.
El silencio fue absoluto. Nadie supo cómo interpretar aquella respuesta hasta que Hye rompió la quietud.
—¿Quién era?
—Un jíbaro... Uno de los últimos que todavía recorrían estas montañas sin acercarse nunca a los poblados. Decía que aquel mapa había pertenecido a su abuelo y, antes que a él, a su bisabuelo. No sabía leer ni escribir, pero conocía cada marca dibujada sobre esta lámina. Nunca quiso venderlo ni desprenderse de él. Solo me pidió que, si alguna vez llegaban personas buscando ese lugar..., les mostrara el camino.
Konstantine intercambió una mirada con Joseph.
—¿Y por qué aceptaste?
—Porque pensé que nadie vendría jamás —sonrió Juan con tristeza.
Sacó una brújula antigua del bolsillo de la camisa y la apoyó junto al mapa. Su aguja comenzó a oscilar, primero lentamente y después con movimientos erráticos, hasta quedar inmóvil apuntando hacia una dirección que no coincidía con el norte.
Joseph tomó la brújula y la golpeó suavemente con un dedo.
—Debe de estar estropeada.
—Solo ocurre cuando la acerco al mapa —negó Juan.
Roberta observó el fenómeno con creciente interés.
—¿Lo has analizado?
—No. Nunca quise hacerlo.
Konstantine, que ya no podía apartar la vista del pergamino, sacó su moderno mapa topográfico y lo extendió cuidadosamente sobre la mesa. Durante varios minutos nadie habló. Las diferencias entre ambos documentos eran enormes: uno estaba elaborado mediante cartografía moderna; el otro parecía una representación primitiva. Y, sin embargo, los cursos de agua, las elevaciones, las quebradas e incluso una extraña formación rocosa coincidían con una precisión inquietante.
—Es imposible —dijo Joseph.
—No —asintió Roberta lentamente—. Es extraordinario.
Bertha permanecía en silencio. En una esquina del mapa aparecía un símbolo que no figuraba en ninguna otra parte. No era una cruz ni una marca geográfica: parecía un círculo atravesado por una línea vertical.
—¿Qué significa este dibujo? —preguntó.
Juan tardó varios segundos en responder.
—Nunca lo supe. El jíbaro siempre evitaba hablar de él; solo repetía una frase: «Cuando el círculo despierte... los antiguos volverán a caminar».
Nadie pronunció una sola palabra. Incluso el bosque parecía haber quedado inmóvil. Juan enrolló lentamente el mapa, como si quisiera impedir que continuaran observándolo, y miró a Konstantine.
—Todavía están a tiempo de regresar.
—Precisamente por historias como esta hemos venido —sonrió Konstantine con la obstinación propia de los exploradores.
Juan bajó la mirada. Había esperado esa respuesta y era la que temía.
El desayuno terminó en un silencio poco habitual. Nadie comentó la historia del jíbaro ni volvió a mencionar al hombre que había reaparecido, pero todos pensaban en ello. Konstantine fue el primero en levantarse.
—Será mejor que aprovechemos las primeras horas de luz.
Juan asintió, guardó el pergamino y advirtió:
—No se separen del grupo en ninguna circunstancia. Aquí es sencillo desviarse del camino.
—Con dos mapas y un guía como tú sería difícil —sonrió Joseph.
—No me refería al camino —respondió Juan sin el menor asomo de humor.
Nadie preguntó nada más.
La selva los recibió con una humedad sofocante. Apenas abandonaron el claro, el bosque comenzó a cerrarse sobre ellos. Las copas de los árboles ocultaban el cielo y solo delgados haces dorados atravesaban la maraña de lianas.
Juan marchaba al frente, abriendo paso con un movimiento constante de machete. Detrás de él caminaba Konstantine consultando la brújula y el mapa moderno; Joseph llevaba los instrumentos de excavación; Roberta fotografiaba la flora; Hye anotaba observaciones y Bertha cerraba la columna. Tenía la sensación de que el bosque merecía ser escuchado antes que atravesado.
Durante la primera hora caminaron sin incidentes. La experiencia del baqueano resultaba extraordinaria: identificaba plantas medicinales, advertía sobre insectos venenosos y evitaba zonas de barro traicioneras. En un momento, Juan se detuvo, recogió una rama partida, observó el suelo y continuó caminando.
—¿Qué viste? —Lo alcanzó. Joseph—. ¿Un animal?
—Sí —vaciló Juan. Ninguno creyó que esa fuera toda la respuesta.
Conforme avanzaban, los troncos se hacían más gruesos y las raíces sobresalían como tentáculos petrificados. Algo atrapó el interés de Roberta.
—¿Han notado esto?
Sobre el tronco de un árbol gigantesco aparecía una incisión profunda y precisa, no realizada con herramientas modernas. Representaba exactamente el mismo símbolo del mapa: un círculo atravesado por una línea vertical.
Bertha sintió un escalofrío.
—Es idéntico...
Konstantine apoyó la mano sobre la corteza. La madera había cicatrizado hacía siglos. Mientras Hye lo fotografiaba y Joseph especulaba sobre una cultura organizada, Juan observó la marca en silencio.
—No lo toquen —dijo en voz baja—. Nunca vi uno tan lejos del río. Siempre están cerca de... —se interrumpió y continuó caminando sin terminar la frase.
A media mañana hicieron un alto junto a un arroyuelo. Mientras los demás descansaban, Bertha desplegó discretamente el mapa antiguo para mirar el símbolo. Frunció el ceño: juraría que la línea vertical atravesaba el círculo con una ligera inclinación, distinta a la de esta mañana. Parpadeó, volvió a mirar y la vio perfectamente recta. Sacudió la cabeza atribuyéndolo a su imaginación y guardó el papel.
Reanudaron la marcha por un suelo pedregoso cubierto de musgo. Entonces, los sonidos desaparecieron de golpe: ni pájaros, ni insectos, ni viento. Solo sus pisadas.
Juan se detuvo.
—No me gusta esto. La selva nunca guarda silencio. Nunca.
Como respondiendo a sus palabras, llegó un sonido lejano, grave y rítmico. No era un rugido ni un trueno: parecía el latido de un corazón gigantesco. Un golpe. Luego otro. El sonido cesó tan repentinamente como había comenzado y, un instante después, los pájaros y los insectos reanudaron su actividad.
—Supongo que tendrá una explicación —dijo Joseph con una sonrisa incómoda.
Juan no respondió. Miraba fijamente el interior de la selva como si acabara de comprender que ya era demasiado tarde para regresar.
Llegaron a La Cascada. Mientras Joseph y Hye descargaban los bultos, Juan eligió una loma protegida por raíces para instalar el campamento, a salvo de posibles crecidas del estanque.
Roberta caminó alrededor del agua con su martillo geológico. Tomó tres muestras de roca en distintos puntos y las examinó bajo la lupa. Desconcertada, se las mostró a Konstantine: una era sedimentaria, otra volcánica y la tercera metamórfica.
—Esto no tiene sentido —dijo Konstantine—. Estas rocas pertenecen a historias geológicas diferentes. Deberían estar separadas por cientos de kilómetros o millones de años.
Era la primera evidencia objetiva de que aquel lugar desafiaba la lógica.
Por su parte, Bertha notó que las plantas alrededor del estanque crecían formando arcos. Dibujó el patrón en su cuaderno y, al terminar, descubrió que había reproducido involuntariamente el símbolo del círculo y la línea. Cerró la libreta sin decir nada.
Mientras tanto, Hye fotografiaba la cascada. Al ampliar una toma en su pantalla, notó detrás de la cortina de agua una línea perfectamente recta. Llamó a Roberta y a Konstantine. Tras acercarse bordeando el estanque, una ráfaga de agua reveló una abertura natural oculta tras el salto principal.
—Hay una cavidad —susurró Roberta.
—Lo sabía... —sonrió Konstantine.
Juan retrocedió un paso, dominado por un miedo antiguo.
—Los viejos decían que la montaña tiene dos rostros —dijo en voz baja—. Uno mira hacia el mundo y el otro... hacia aquello que quedó detrás del mundo.
Konstantine avanzó hacia la cascada e iluminó el interior con su linterna, pero la roca parecía absorber por completo la luz, sin reflejarla. Joseph probó con otra linterna, obteniendo el mismo resultado.
De pronto, la bruma se abrió de nuevo y sobre la piedra del fondo apareció grabado el símbolo. La propia piedra parecía contenerlo. Hye rompió el silencio con un susurro:
—No creo que hayamos encontrado una cueva. Creo que hemos encontrado una puerta.
El estruendo de la cascada quedó atrás apenas cruzaron la cortina de agua. El cambio fue tan brusco que todos se detuvieron: el aire era más frío, denso y olía a piedra antigua.
Juan encendió una antorcha improvisada. La llama vacilaba siguiendo un ritmo propio en medio de un silencio absoluto. Ni insectos, ni goteos, ni eco. Joseph dejó caer un guijarro y ninguno escuchó el impacto al rebotar sobre el suelo.
—Debe de haber una explicación acústica —dijo Joseph intentando convencerse.
Roberta examinó las raíces fosilizadas del pasadizo: emergían de la roca como si hubieran crecido cuando esta ya era sólida, algo que desafiaba cualquier proceso geológico.
Avanzaron. Bertha descubrió el símbolo de nuevo sobre la pared, integrado en la propia piedra. Konstantine lo tocó y notó que la superficie estaba tibia, como la piel de un ser vivo.
El corredor comenzó a ensancharse y una claridad tenue —que no provenía de ninguna fuente visible— empezó a iluminar el espacio. Juan apagó la antorcha.
Al doblar una última curva, desembocaron en una cámara inmensa cuyo techo y paredes se perdían en la penumbra. En el centro flotaba una esfera de luz perfecta, suspendida a dos metros del suelo, sin emitir sonido ni proyectar sombras. Su brillo era sereno y constante.
Hye y Roberta notaron que la esfera no iluminaba el entorno, sino que el espacio a su alrededor ya poseía luz propia. Joseph intentó fotografiarla varias veces, pero todas las pantallas mostraban únicamente una imagen negra: los instrumentos no la registraban.
La superficie de la esfera comenzó a ondular suavemente como respuesta a su presencia. El grupo dio un paso atrás, excepto Konstantine. El antropólogo contempló la luz que prometía cambiar la historia de la humanidad. Supo que era el momento de elegir entre el conocimiento establecido o el riesgo de lo desconocido.
Avanzó y extendió la mano. Apenas unos centímetros separaban sus dedos de la luz. Durante un segundo dudó, consciente de que el mundo conocido cambiaría para siempre.
Aun así, no retiró la mano. La yema de su dedo índice rozó la luz.
Y nada volvió a obedecer las leyes del mundo conocido.

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