Empieza a leer La Cascada II gratis: Primer capítulo completo
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Señales en la bruma
Graciana despertó sobresaltada en una oscuridad absoluta. Un zumbido persistente le taladraba los oídos y el frío le calaba los huesos. A su alrededor, todo lo que tocaba era fangoso, húmedo, resbaladizo. Parpadeó con fuerza, intentando distinguir alguna figura, pero los destellos de la esfera la habían dejado momentáneamente ciega.
Poco a poco, una brisa fresca y perfumada comenzó a envolverla, trayéndole algo de calma. Con el paso de los minutos, la visión se aclaró y el zumbido dio paso a los sonidos del entorno: yacía en el lecho de un curso de agua subterráneo, dentro de una caverna amplia y silenciosa donde solo resonaba el goteo constante contra las paredes.
Se incorporó con esfuerzo. Afortunadamente, no tenía heridas graves, apenas algunos rasguños. Aún vestía las pieles, pero las armas que llevaba al ingresar a la esfera habían desaparecido.
—¡Hola! ¿Alguien me escucha? ¡Hola! —gritó hacia la nada, pero solo obtuvo como respuesta el eco interminable de su propia voz.
Sin pensarlo dos veces, comenzó a caminar a tientas, guiada por esa brisa que le acariciaba el rostro y le enfriaba el cuerpo cubierto de barro. Tropezó con piedras, resbaló en el lodo, pero no se detuvo. Tras varios minutos de marcha, siguiendo un aroma cada vez más intenso y cálido, un tenue haz de luz le indicó el inicio de un túnel.
Apuró el paso. La claridad provenía de un orificio en la roca, cubierto por un enramado putrefacto donde crecían exóticas orquídeas; de allí emanaba el aire que la había guiado. Con dificultad, trepó hasta el hueco y emergió al exterior.
Frente a ella se desplegaba la ladera de una montaña cubierta por una selva exuberante, extrañamente parecida a la que habían intentado abandonar en otra dimensión… o en otro tiempo.
Aterida de frío, se dejó caer sobre la hierba y permitió que el sol la envolviera como un manto cálido. Se quitó las pieles empapadas y las extendió al sol. Desde aquella altura, la vista era majestuosa: el valle se abría en toda su amplitud y un río caudaloso lo atravesaba serpenteando, brillante como una inmensa serpiente de plata.
Sentada frente al horizonte, la asaltaron las preguntas.
La esfera, el torbellino, la separación… ¿Dónde estarían Carly, Ross, Jason? ¿Y las demás? ¿Habrían llegado juntas o el viaje las habría arrojado a lugares e incluso tiempos distintos?
Las lágrimas le nublaron la vista.
Estaba sola.
Pero no vencida.
Pasado el primer impacto, decidió actuar. Reunió ramas secas, yesca y buscó entre las piedras hasta encontrar un par que sirviera de pedernal. Con paciencia y esfuerzo logró encender una pequeña fogata cuyo chisporroteo le devolvió un mínimo de esperanza.
Al ver las llamas, pensó en cómo hacerse notar. Juntó hojas verdes y las arrojó al fuego para generar un humo espeso. Inspirada en las antiguas películas del oeste que recordaba, tomó su taparrabos mojado y comenzó a tapar y descubrir el fogón, creando bocanadas blancas que se elevaban entre la vegetación como mensajes silenciosos al cielo.
Trescientos metros más abajo, en la base de la ladera, Bertha, Hye y Carly avanzaban con dificultad por la espesura. Habían despertado juntas, desorientadas y asustadas, pero Carly, criada en la selva, guiaba el grupo con seguridad. Al llegar al fondo de un cañadón, encontraron un arroyo cristalino. Bebieron, se refrescaron, y fue entonces cuando Hye, sentada sobre una roca, alzó la vista y ahogó un grito:
—¡Dios mío! ¡Miren arriba, en la ladera! ¡Entre la selva!
Columnas de humo blanco se elevaban de la intrincada vegetación. La grieta en la que estaban les bloqueaba la visual, así que comenzaron a gritar con todas sus fuerzas, aprovechando la acústica natural de las paredes rocosas.
—¡Hola! ¿Quién está ahí? ¡Respondan!
Arriba, concentrada en mantener el fuego, Graciana creyó escuchar algo. Un sonido débil, humano. Tapó la fogata con hojas de palma, se acercó al borde del despeñadero y aguzó el oído. Entonces lo distinguió con claridad: era la voz de su hija Carly.
—¡Carly! ¡Carly! —gritó con todas sus fuerzas, pero su voz se perdía antes de alcanzar el fondo del cañadón.
Sin perder tiempo, apagó el fuego con tierra y piedras y comenzó el descenso, orientándose por los gritos que llegaban cada vez más esporádicos.
—Ya no hay humo. ¿Nos habrá escuchado? —preguntó Hye, exhausta.
—Hagamos silencio y esperemos —sugirió Bertha.
Carly, atenta, apoyó el oído sobre una roca, como le había enseñado su madre. A lo lejos, Graciana se detuvo también a escuchar. Luego probó una vez más:
—¡Hola! ¡Hola!
—¡Mamá!
—¡Aquí abajo! —¡Estás cerca! —respondió Carly, con el corazón desbocado.
Minutos después, madre, hija y compañeras se fundieron en un abrazo apretado.
—Mamá, no sabemos nada de Ross ni de papá —dijo Carly, rompiendo el llanto.
—Tampoco de Roberta, Inda y Joseph —agregó Bertha.
—Y ni siquiera sabemos si seguimos en la prehistoria o si logramos regresar —intervino Graciana, preocupada—. Si nos movemos de aquí, podríamos perder el rastro de los demás.
—Debemos buscar un lugar seguro para pasar la noche —sugirió Hye, mirando el entorno.
—Sigamos el arroyo —propuso Graciana—. Nos llevará al valle. Desde arriba vi un río caudaloso, y donde hay agua, hay vida. —Es una buena idea —asintió Hye.
—Yo quisiera proponer algo más —intervino Bertha con timidez—. Desde aquí podemos ver el valle. Si encendemos una fogata esta noche, tal vez ellos nos vean a nosotros. Y si vemos luces en el horizonte... sabremos que no estamos solas.
—Totalmente de acuerdo —concluyó Graciana—. Pongámonos a trabajar. Juntemos leña, frutos y hojas para una choza. Haremos guardias para mantener el fuego encendido y vigilar el valle. Mañana bajaremos.
Y así, con la esperanza renovada, las cuatro mujeres comenzaron a construir su refugio en la saliente del despeñadero, decididas a sobrevivir y a reencontrarse.
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