Capítulo I - LA CASCADA III

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Lee el adelanto a continuación sin necesidad de registros ni compromisos.

Donde el amor desafía al tiempo

Después de las ocho de la noche del día en que Roberta partió, Silvia volvió al apartamento. Allí encontró a Graciana y a Carly cenando de manera sencilla, quienes de inmediato la invitaron amablemente a unirse a la mesa. El silencio imperaba en el entorno, solo perturbado por el canto constante de un grillo que se filtraba a través de la ventana abierta.
Con voz clara, Graciana interrumpió el silencio:
—Pienso en volver a la selva. Es imperativo que encuentre a mi esposo y a mi hijo; no puedo permanecer aquí de brazos cruzados sin haberlo intentado.
Silvia la observó con un gran entendimiento antes de expresarse con un tono tranquilo.
—¿Por dónde vas a comenzar, Graciana? La jungla es gigantesca.
Carly, con la mirada fija en su plato, levantó el rostro para mirar a su madre:
—Nadie sabe en qué dimensión o en qué tiempo se encuentran, mamá. Quizás nunca pudieron salir de la montaña… o están perdidos en la selva, a merced de los depredadores. Es una locura.
—Es un riesgo enorme —coincidió Silvia—. Es como saltar al vacío. Podrían estar en cualquier punto del pasado o del futuro, e incluso si permanecen en la jungla, rastrearlos será una tarea titánica.
Graciana la observó con absoluta convicción:
—Mi intuición me dice que nunca salieron de la montaña. Todas ingresamos juntas a la misma coordenada. Jason, Ross, Inda y Joseph debieron haber cruzado con nosotras, y no hay un solo indicio de que hayan estado en los alrededores del valle. —Luego, con un destello de esperanza en los ojos, añadió—: Revisé los planos y las bitácoras que quedaron de la expedición a La Cascada. Hay suficiente información técnica para intentarlo. Conocemos el portal de ingreso y el de regreso. Conozco el terreno donde vivíamos como nadie. ¿Por qué no dar el salto?
—Y si la esfera de la cascada las transporta a otra dimensión del tiempo —agregó Silvia insertando en los análisis una duda razonable.
Carly, con las lágrimas asomando en sus ojos, se inclinó para fundirse en un abrazo con su madre.
—No saber qué fue de papá y de Ross es mucho peor que cualquier peligro —susurró—. Voy contigo, madre.
Graciana y Silvia miraron a Carly con admiración.
—Si no tienen inconveniente, pienso acompañarlas en la marcha. Puedo serles de gran utilidad; sé manejar armamento, luchar en defensa propia y el acero de un excelente puñal será necesario para protegernos en el terreno. No voy a permitir que vuelvan a quedar indefensas como en el viaje de regreso.
Silvia se puso de pie, afianzando el compromiso al estrechar la mano de Graciana mientras Carly se colgaba de su espalda en un gesto de puro afecto.
—Dispongo de algunos ahorros y de varias armas reglamentarias que heredé de mi padre —añadió la oficial—. Será más que suficiente para adquirir la indumentaria adecuada, las vituallas y las provisiones necesarias para la marcha. Debemos abandonar este apartamento esta misma noche; nos dirigiremos a mi domicilio para coordinar los pertrechos y mañana me pondré en contacto con mi superior para solicitar una licencia especial.
—Jamás tendremos cómo pagarte todo lo que estás arriesgando por nosotros —dijo Graciana, reuniendo con prisa los mapas y los escritos de la expedición.
La organización del viaje requirió tres jornadas de intensa actividad. La mañana del cuarto día se despertó con un clima luminoso, perfecto para iniciar la travesía. Silvia había alquilado una embarcación a motor, una alternativa considerablemente más discreta y económica en comparación con un helicóptero. De manera conjunta con Graciana y Carly, delinearon la ruta hacia el afluente del Orinoco que las conduciría hasta el refugio del baqueano Juan, siguiendo con exactitud los registros dejados por Konstantine.
La embarcación conducida por un joven oriundo del lugar y conocedor del río zarpó del muelle en las primeras horas del alba.  Durante la tarde, Graciana divisó en la margen derecha el embarcadero marcado en los mapas, donde Konstantine y su grupo abordarán la vetusta barcaza que los llevará hasta la morada de Juan.
Quien conducía la lancha redujo las revoluciones del motor; el objetivo ahora era localizar el pequeño riachuelo que se internaba en el corazón de la jungla.
La crecida estacional del Orinoco facilitaba el calado, aunque debían avanzar con extrema lentitud para evitar que las astas de la hélice se enredaran en la vegetación del fondo.
Durante más de una hora, la lancha se deslizó despacio sobre aguas cubiertas de helechos y plantas acuáticas que formaban una densa alfombra verde. Garzas, guacamayos y tucanes cruzaban el cielo en bandadas, mientras en los bancos de arena perimetrales, enormes caimanes dormitaban expuestos al sol.
—¡Puedo ver una estructura de madera! —anunció Graciana, rompiendo el silencio—. Creo que llegamos al punto.
Carly se incorporó de golpe en la proa.
Silvia, que platicaba con el conductor de la lancha, observó con alivio la pequeña cabaña semioculta entre la maleza.
—Apagaré el motor para no alertar a la fauna —indicó—. Remaremos hasta el muelle.
Sin embargo, el eco amortiguado de la aproximación ya había advertido a Juan, quien, con una escopeta de caza entre las manos, se había apostado firmemente sobre las tablas del malecón.
—¡Santa jungla! —mutó el viejo baqueano para sí—. ¿Qué hacen tres mujeres solas en este infierno verde?
—¡Buenas tardes, amigo! —saludó Silvia desde la embarcación—. ¿Nos concedes el permiso para amarrar la lancha en tu muelle?
—Adelante, señorita —respondió Juan, bajando el cañón del arma—. ¿Qué las trae por estos parajes olvidados del mundo?
Silvia saltó a las maderas, adelantándose para estrechar la mano del hombre con gesto profesional:
—Un gusto, me llamo Silvia. Pertenezco a la Policía de Ayacucho.
En Puerto Ayacucho, su nombre es sinónimo del mejor baqueano de la región.
Nuestro objetivo es alcanzar la cascada.
—Agradezco sus palabras, oficial —respondió el hombre, suavizando el semblante—. Mi nombre es Juan, para servirles. Pero dígame… ¿Por qué La Cascada? ¿Qué pretenden hallar en ese abismo?
Silvia miró a sus compañeras, que aguardaban junto al equipaje.
—Es una historia compleja, Juan. Ellas son Graciana y su hija Carly; buscan al resto de su familia, que aparentemente quedó atrapada en esa coordenada.
—Un verdadero placer —saludó el baqueano, estrechando las manos de ambas—. La tarde está demasiado avanzada para internarse en el monte rumbo a La Cascada. Les recomiendo pasar la noche aquí; la cabaña cuenta con espacio suficiente para que descansen. Prepararé una cena caliente y, de paso, me desglosan esa compleja historia.
—Le tomamos la palabra, Juan —asintió Silvia—. El viaje fluvial ha sido agotador y nos vendrá bien una tregua antes de enfrentar el sendero.
Las tres mujeres trasladaron al interior de la vivienda los pesados bultos y los suministros de marcha. Silvia se aproximó a Juan, quien ya se encontraba troceando carne y tubérculos junto al fogón.
—¿Qué tan seguras son las aguas del arroyo para refrescarnos? —indagó—. Nos vendría bien un baño.
El baqueano levantó la vista con una sonrisa seria:
—Instalé una ducha rústica en la parte trasera de la propiedad; prefiero que utilicen esa vía. La crecida del río trajo consigo demasiadas alimañas y las corrientes del arroyo están infestadas de pirañas y caimanes en esta época.
—Entendido, Juan, usaremos la regadera —asintió Silvia.
Mientras avivaba las brasas, el anciano baqueano se sumió en sus pensamientos.
Aquella vieja historia que guardaba en la memoria —la expedición de científicos que había visto desvanecerse detrás del resplandor de la gruta— parecía repetirse ante sus ojos. La presencia de las tres mujeres con el mismo destino en mente lo inquietaba de forma profunda.
Ansioso por entablar conversación, aguardaba el momento de la cena para averiguar cuánto sabían sobre la suerte corrida por los intrépidos exploradores; sentía que ellas traían las respuestas que él había esperado durante años.
Graciana, Carly y Silvia, provistas de toallas, se dirigieron al patio trasero. Madre e hija acarrearon recipientes con agua limpia para abastecer el depósito aéreo mientras la oficial se aseaba. Luego alternaron los turnos de manera coordinada, completando el aseo bajo la luz moribunda del crepúsculo.
Juan agasajó a sus invitadas con carne de tapir al asador y yucas cocidas. Durante la velada, Graciana se encargó de narrarle los acontecimientos del grupo liderado por Konstantine. Hizo lo propio con su historia personal, aquella odisea ocurrida algo menos de veinte años atrás.
Juan, que siempre se había mostrado escéptico ante la mayor parte de las leyendas e historias de los nativos, no salía de su asombro al escuchar los pormenores del relato.
—Todavía conservo bajo resguardo los pertrechos, las herramientas y las provisiones que dejaron en el campamento —confesó Juan con un dejo de tristeza—. Permanecí quince días apostado en el lugar esperando su retorno. Cuando comprendí que tal vez nunca volverían, levanté las tiendas y regresé a mi cabaña. —El hombre hizo una pausa y añadió—: Hace algún tiempo, entre los nativos de las tierras altas corría el rumor de que unas mujeres blancas deambulaban perdidas por la selva; decían que habían sido capturadas para las redes de comercio de los valles. Tras escucharlas, comprendo que aquellos relatos eran ciertos… Aunque nunca se mencionó a un hombre adulto ni a un niño.
Graciana y Carly intercambiaron una mirada de profunda desilusión en el silencio de la estancia. La noche derramó su manto cerrado sobre la estructura de madera y el sueño caló hondo en los cuerpos exhaustos de las viajeras.
A las seis de la mañana, cuando las primeras luces del alba quebraban las copas de los árboles y la bruma matinal comenzaba a disiparse, el grupo abandonó la cabaña tras compartir un copioso café humeante.
Guiadas por la experiencia de Juan, se adentraron en la vegetación con rumbo a las coordenadas del portal.
Tras varias horas de una caminata intensa y exigente cortando camino por la espesura, el rugido ensordecedor de la masa de agua golpeando contra los peñascos les advirtió que el destino estaba cerca.
—¡Ánimo, muchachas! —exclamó Juan, abriendo paso con el machete—. Escuchen la maravillosa música de La Cascada.
Un último esfuerzo entre el enramado denso las condujo ante la espectacular visual de la caída de agua, enmarcada en una naturaleza exultante. Silvia y Carly permanecieron inmóviles, deslumbradas por la majestuosidad del paisaje. Graciana, en cambio, sintió una punzada amarga en el pecho: aquel paraíso había sido el umbral del infierno que la había despojado de su familia. Hoy, ese mismo abismo representaba la única esperanza real de recuperarlos.
—No es mi intención interferir en sus decisiones —advirtió Juan con sincera preocupación al detenerse frente a la gruta—. Pero lo que van a intentar es un salto sin red. Es improbable que localicen al hombre y al niño… o que conserven una vía de retorno al presente.
—Tampoco hay garantías de que no estén esperándonos —respondió Graciana con una determinación inquebrantable. Miró a Silvia y a su hija, encontrando en sus ojos el respaldo definitivo.
—Adelante, mamá —asintió Carly—. Vayamos por papá y por Ross.
Las tres mujeres agradecieron al baqueano por su guía y su lealtad, y se internaron resueltas en la caverna húmeda que se abría detrás del torrente de agua.
Cargaban tiendas de campaña ligeras, suministros de supervivencia para varias jornadas y equipamiento técnico. Cada una llevaba un revólver y un puñal de monte asegurados a la cintura, mientras Silvia y Graciana portaban además las escopetas de largo alcance a los hombros. Provistas de linternas de gran potencia, baterías de repuesto, cámaras fotográficas y dispositivos GPS portátiles, avanzaron en fila india por el túnel de piedra.
La claridad de las linternas cortaba la penumbra hasta que alcanzaron el punto exacto donde el aire comenzó a vibrar y el resplandor cubrió las paredes de roca. Se unieron firmemente entre sí mediante una cuerda de escalada, se encomendaron a Dios con una última mirada cómplice y, sin titubear, dieron el paso definitivo hacia el interior de la gran esfera luminosa.

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